Tom Glavine estaba rumbo al Salón de la Fama mucho antes de ganar su juego 300 de por vida. Pero ahora tiene de manera oficial el número que tradicionalmente ha representado la grandeza de un lanzador abridor.

Glavine es apenas el pitcher número 23 en llegar a los 300 triunfos. Sólo tres zurdos han ganado más partidos que Glavine, que tiene en su historial dos premios al Cy Young y cinco temporadas de 20 victorias o más. Podríamos seguir citando más números. Ha sido un modelo de consistencia y durabilidad.

Pero lo que separa a Glavine aún más del montón es que su éxito individual ha sido casi siempre parte del éxito colectivo de su equipo. El pitchar es algo que se hace solo, y uno puede ser un gran lanzador en un equipo mediocre, o hasta un equipo malo. Pero la grandeza es acentuada cuando se logra en el contexto de un éxito colectivo, bajo circunstancias de mucha presión.

Eso define en gran parte la carrera de Glavine. Subió con los Bravos en 1987, entonces estuvo desde el principio con el éxito de Atlanta; en la mayoría del tiempo de Glavine con los Bravos, de 1991 al 2002, los Atlanta nunca perdió un título divisional. Claro, Greg Maddux, John Smoltz y otros también pusieron de su parte, pero Glavine fue parte íntegra de esa racha increíble de los Bravos.

Y cuando parecía que la carrera de Glavine parecía estar en sus últimas, tuvo una temporada de 15 victorias con los Mets en el 2006, en un equipo de Nueva York que terminó con el mejor récord de la Liga Nacional.

No tenía ni a Smoltz ni a Maddux al lado. Glavine siempre había sido un líder-en el montículo y en el clubhouse-pero en los Mets del 2006, su liderazgo era más obvio que nunca. Y eso es lo intangible de su carrera digna del Salón de la Fama.

La carrera de Glavine en la lomita se ha basado en valentía y agallas. Ha sido el modelo de un hombre en control de su oficio. Su comando de la zona de strike y su habilidad de confundir al bateador con cambios de velocidad han sido sustitutos más que adecuados por una falta de velocidad. Nunca puso a brillar un medidor de velocidad, pero le ha ganado a los mejores de manera consistente-con inteligencia, con voluntad y con una habilidad llena de conocimiento del pitcheo.

Ha cambiado, se ha adaptado y ha perseverado. Su estilo de pithcar ha sido, de alguna manera, una reflexión de su personalidad. Se puede argumentar que ha sido un lanzador increíble en parte porque ha sido un individuo admirable. La cualidades que lleva como competidor son parte de quien es.

Glavine ha sido valorado ahora por más de una generación de reporteros. Ha sido tan accesible, bien hablado y pensador en las derrotas como en las victorias. Puede que no sea tan cómico en las derrotas que en las victorias, pero las demás cualidades están presentes.

Ha sido una buena fuente de conocimiento para lanzadores más jóvenes, y una fuente de buen sentido común y razonamiento con calma durante tiempos difíciles para algunos compañeros. Su liderazgo en el sindicato de jugadores era tan visible que, durante algunas de las disputas laborales en el béisbol, que se volvió un blanco para algunos fanáticos descontentos. Pero era Glavine haciendo lo que creía correcto y siendo cándido al respecto. El crecimiento y éxito indiscutibles del sindicato se pueden atribuir, al menos en parte, al hecho de que Glavine cumplió un rol prominente.

Ha habido ganadores de 300 juegos con más talento crudo, y mejor material en el montículo. Pero no hay nadie que se haya mantenido enfocado mejor que Tom Glavine. Para los que hemos tenido el privilegio de seguir su carrera, no necesitaba el número mágico para calificar para el Salón de la Fama. Sus éxitos, su carrera y lo que representó en el juego ya lo tenían con destino a Cooperstown.

Pero con la marca ya alcanzada, no hay ni una sola duda. Tom Glavine es ahora un lanzador de 300 victorias, y luego será elegido al Salón de la Fama. Los triunfos y los honores son bien merecidos.