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NUEVA YORK -- Roberto Alomar tenía seis años cuando su talento para el béisbol captaba las miradas de expertos.

Y Santos Alomar, su padre, es el mejor testigo a la hora de contar los primeros pasos del hijo.

"Un scout me dijo 'guárdamelo bien, que lo voy a firmar'", dijo Santos padre. "Imagínete, a los seis años vio eso en ese muchacho. No me hizo quedar mal. Roberto trabajó fuerte para lo que quería".

Señalado como el mejor segunda base de su generación, el hijo ingresará el domingo al Salón de la Fama, el tercer beisbolista nacido en Puerto Rico tras Roberto Clemente y Orlando Cepeda, con una placa en el templo de los inmortales del deporte en Coooperstown.

Roberto nació en una familia netamente vinculada al béisbol y siguió los pasos de su padre al jugar la posición de segunda base. Santos padre actuó durante 15 años en las Grandes Ligas y su hermano mayor, también llamado Santos, brilló como receptor a lo largo de 20 años.

De la mano de su papá, quien lo llevaba a los estadios, el aprendizaje de Roberto fue de primera fila y desde niño insinuó la curiosidad de absorber todo lo que veía. En vez de hacer travesuras en los vestuarios, el chico quería aprender todos los secretos del oficio.

"Se iba a los parques en la liga de invierno de Puerto Rico para estar cerca de los peloteros, seguirles. Desde muy jovencito se sabía los números. Tenía una habilidad especial", contó su padre a The Associated Press.

"Como yo jugaba la segunda base, él siempre quiso emularme. Me decía 'papá, yo voy a ser mejor que tú', añadió. "No le tomó mucho".

En 1985, cuando tenía 17 años, Roberto firmó su primer contrato como profesional con los Padres de San Diego.

Apenas tres años después, el 22 de abril de 1988, Alomar no pudo tener un debut más memorable en las mayores al conectar un sencillo en su primer turno. ¿Quién fue el pitcher? Ni más ni menos que Nolan Ryan, un futuro miembro del Salón de la Fama.

Al acercarse el día de su exaltación a Cooperstown, Alomar indicó que los nervios serán los mismos del día de su bautizo en las Grandes Ligas.

"Va a ser igual cuando fui a San Diego por primera vez, mi primer turno contra Nolan Ryan, voy a estar nervioso", dijo. "Pero luego me sentí tranquilo tras dar el primer hit".

De Roberto Alomar se ha dicho que es el mejor segunda base de su generación. La realidad es que debe ser considerado como tal vez el mejor desde Rogers Hornsby. Sí, por encima de Joe Morgan.

A ver, ningún otro intermedista ha ganado la cantidad de Guantes de Oro --a la excelencia defensiva-- que los 10 obtenidos por Alomar.

Tiene todas las cualidades de buen bateador (.300 de por vida), defensa (.984 promedio de fildeo) y correr (se robó por lo menos 30 bases en ocho temporadas).

Fue productivo en octubre, al fragor de las principales batallas: .313 en postemporada y .347 en las dos Series Mundiales que ganó con Toronto.

Un pelotero completo, como dicen sus colegas.

"Bateaba, fildeaba y corría. Anticipaba siempre la jugada", dijo a la AP el receptor Iván Rodríguez, quien cuando se retire será posiblemente el siguiente puertorriqueño en el Salón de la Fama. "Me robaba muchas bases a mí por la inteligencia que tenía, cogiéndole el brinco a los lanzadores. Estudiaba totalmente el juego".

Omar Vizquel, el torpedero venezolano con quien hizo dupla cuando fueron compañeros de equipo con los Indios de Cleveland y también con credenciales de ser exaltado en Cooperstown, destaca la aptitud natural de Alomar en el fildeo.

"Uno de los mejores segunda base. No teníamos que hablar mucho sobre donde quería la bola. La nuestra era una combinación completamente improvisada. A la hora del rolling, ya sabíamos a donde íbamos a tirar la bola", relató Vizquel a la AP. "El sabía donde yo iba a tirar. Se veía la fluidez con que nosotros hacíamos las jugadas

Un jugador muy inteligente y yo capté ese lado de él", agregó.

Dos años después de su debut, Alomar acudió a su primer Juego de Estrellas y luego el canje que marcó definitivamente su carrera.

El responsable fue Pat Gillick, el entonces general de los Azulejos de Toronto, que el domingo también entrará al Salón de la Fama tras haber sido seleccionado por un comité especial.

Gillick se desprendió de Tony Fernández y Fred McGriff a cambio de Alomar y Joe Carter.

Con Alomar como bujía, Toronto alcanzó la serie de campeonato de la Liga Americana al año siguiente y después cayeron los sucesivos campeonatos en el Clásico de Octubre en 1992 y 1993.

Fueron cinco las campañas que disputó con los Azulejos antes de proseguir su carrera con los Orioles, Indios, Mets, Medias Blancas y Diamondbacks.

Pero el incidente del escupitajo le costó convertirse en apenas el cuarto segunda base y el 45to jugador en la historia en ingresar al Salón de la Fama en la primera votación.

En un juego en Toronto en septiembre de 1996, Alomar perdió los estribos tras recibir un tercer strike cantado por el umpire John Hirschbeck. La discusión fue acalorada y Hirschbeck expulsó a Alomar, quien reclamaba que el lanzamiento fue afuera. Al retirarse del plato, Alomar escupió al rostro de umpire y fue suspendido cinco partidos.

Ambos se hicieron amigos después. Alomar procuró lavar su imagen el resto de su carrera. Pero los votantes de la Asociación de Redactores de Béisbol de Nortamérica le dieron como penitencia no darle el respaldo suficiente en su primer año elegibilidad.

Esto se hizo notorio en el segundo intento, en el que Alomar recibió el 90% para convertirse en apenas el 26to pelotero que supera esa cantidad en cualquier año. Su nombre apareció en 523 papeletas, el tercer total más alto en la historia.

Ahora le toca aumentar la presencia de Puerto Rico entre los grandes.

"Que una isla tan pequeña tenga tantos jugadores en el Salón de la Fama, en un edificio tan prestigioso, Puerto Rico debe sentirse muy orgulloso de eso", dijo Rodríguez.